Todos los días traen una melodía, aquellos fríos con sus tonalidades del viento ligeros y ágil que traspasan ataduras de carne y hueso, otros cálidos y desbordantes de luz que manosean afanosamente los cuerpos con sus sofocantes destellos; días en que los soñadores, altruistas, pensadores, románticos limpios y puros de corazón, bailan y danzan su propia vida, su única e irrepetible existencia al ritmo que las trompetas, clarines, guitarras, tambores y saxos toque para ellos, formando entre todos una melodía vital, una canción, un coro, un gran amor: la danza de un bailarín.
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